Cuando conocí el arte, la gente se refería a él como algo divino y de cierta manera inalcanzable. Solo ciertos privilegiados, tenían la “autoridad” para crearlo. Conforme fui creciendo, produje arte, al que no se le llamaba arte, pues estaba hecho por un niño. Pronto fui inducido a un olvido forzoso, pues debe escogerse algo que deje dinero como profesión y parecía que este no era el camino.
No tuve una formación artística, aun así supongo que desarrolle un gusto por cierta estética. Ahora a tantos años de esto, creo que no se puede vivir sin arte, qué ver ciudades que emanan arte de todos sus rincones, llenas de cientos de artistas es un orgásmico placer.
El arte no debe ser algo separado de nosotros, por el contrario, entre más integrado esté a nosotros más nos ayudará a cerrar la brecha con la que parece que crecemos.
Aprendimos a dibujar quizá mucho antes de lo que aprendimos a hablar o a escribir y parece ser una de las primeras cosas que se nos obliga a olvidar para poder crecer y madurar.
Hoy aprecio el arte por donde sea que este, cantantes ambulantes, jardines dedicados al arte, dibujantes sentados en un café, incluso detrás de un logo o una campaña de publicidad que podría tener toques de arte.
Es imperante que en el trabajo cotidiano, sin importar si se está en una oficina, no desprenderse de esta parte, el arte, que ilumina una parte poco explorada de nosotros.
