La primera cita.

Acordaron verse en un café, fijaron la hora y quién llegará primero pondría la mesa a nombre del otro.

Antonio llegó antes. Se adelantó unos 15 minutos. Era como un mal hábito estar antes en cualquier lugar. Una vez llegó 4 horas antes a un vuelo, que demoraron dos horas más en partir.
Se sentó y sacó su libreta en la que escribe ideas y locuras. Arrastró su pluma unos minutos, la hoja se leía hasta arriba “Mis demonios” y abajo una lista que traía una decena de cosas garabateadas.

Valentina, venía en un taxi, no le gusta eso de estar tomando UBERs, dice que siempre tiene mucha “suerte” y le hacen cargos que no corresponden o que le tocan choferes dignos de protagonizar una película de terror.
Con el tiempo que le faltaba de recorrido a Valentina, llegaría unos 10 minutos después de la hora acordada.
Atorada en el tráfico, pensó que ahora que conocería a Antonio, quizá sería bueno comentarle y advertirle, que ella no era muy puntual, se quedó reflexionando en ello un momento.
Ninguno de sus intentos anteriores por relacionarse habían tenido éxito. Eso de tener que ser la niña linda, la que no dice groserías y que come adecuadamente, no era su estereotipo. La realidad es que disfrutaba de vez en cuando de comer garnachas con una cheve bien fría  y decir groserías.

Antonio pidió una cerveza, le gustan oscuras y fuertes. También es fanático del café negro sin azúcar ni crema.
El mesero fue a dejar la cerveza a la mesa, cuando leyó en el a libreta justo un renglón que decía: – 14. A veces soy como una niña y me gusta todo lo cursi. El mesero sonrió y se fue pensando como podría ser ese el demonio de una persona.

Él nunca había estado en una cita a ciegas, estaba convencido de que esta vez comenzaría por presentarse como nunca lo había hecho antes y eso incluía hablar primero de todo lo que en el pasado terminó con sus demás relaciones.
Incluso comenzó a ensayar su diálogo:
– Hola Valentina, te mereces un comienzo distinto, hice una lista de mis demonios y  te la quiero compartir.
Pensaba que si nada de esa lista podía asustarla entonces podrían pasar a otra etapa de su encuentro.

Valentina seguía en el tráfico, pero cada vez estaba más cerca.  Comenzó a cuestionarse ¿Por qué todos los hombres ocultan lo malo? ¿Por qué lo hacemos también las mujeres? ¿Me creerá una loca si llego a decirle lo peor de mi?
Llena de valor, abrió una nota nueva en su celular y comenzó una lista que decía “Lo que con el tiempo no te podre ocultar”, prefirió no poner los nombres de sus ex, pero si la razón, por la que se habían dejado.

Antonio pidió un vaso de agua, el reloj marcaba la hora en que habían acordado encontrarse. Pensó que sería mejor darle unos minutos más para no parecer un obsesivo de la puntualidad. Agregar a su lista, – 22. Me obsesiono en ocasiones con la puntualidad, mas cuando estoy en lugares en los que no disfruto esperar.

Pero tenía una cerveza en la mano, así que podía sobrevivir la espera, así no le molestaba tanto.

Valentina llegó al lugar, Antonio se paró de la mesa, ninguno de los dos había hecho algo como lo que estaba a punto de suceder, esta era la vez en que se demostraría que no basta coincidir, también nuestras locuras, tienen que estar en sintonía.