Y yo la hice sonreír.
Creo que omitiré algunos detalles de este relato, pero aun así vale la pena compartirlo.
Ahora que lo escribo, vuelvo a sonreír.
Fui a hacer un trámite a algún lugar donde una bella dama me atendió. Desde que me habló para pasar, fue muy cordial, no como las personas anteriores, que me habían atendido en ese lugar, inmediatamente noté un tatuaje en su mano. Comenzamos a platicar en lo que hacía mi trámite, tardó algunos minutos y en uno de esos momentos que estaba metida en la computadora, comencé a tararear una canción, hasta que se me salió una estrofilla entre cantada y murmurada, de esas canciones que traes todo el dia en la cabeza. Mi sorpresa fue que de pronto ella cantó la frase que seguía, mientras voltee a verla y me sonreía, pero no dejaba de hacer mi tramite en la computadora. Es muy obvio, seguimos cantando la canción, una frase y una frase hasta que nos sonrojamos. Ella siguió en la computadora y yo no dejé de sonreír, incluso sigo sonriendo ahora que lo escribo. Ya estando a esas alturas, hice para lo que soy bueno, preguntas.
Dejaré aquí el relato para que ustedes se cuentan el resto de la historia.
Pero definitivamente no quedó hasta ahí.
Algo de mi está evolucionando poco a poco y estos casuales encuentros me lo recuerdan.
