Los vidrios de las puertas estaban cubiertos con papel para que no se viera al fondo del lugar donde dos modelos completamente desnudos esperaban a ser dibujados por cuarenta desconocidos. Un mezcal te recibía al llegar, era para darte valor y perder la pena. ¿Pero que pena? Nosotros íbamos a dibujar no a desnudarnos.
Empezaron haciendo poses que duraban un par de minutos, que sirvieron para soltar la mano y que estuviéramos menos tensos. Luego siguieron algunas de 5 minutos, donde ya podíamos agregar algunos detalles a nuestro trazos. Llegamos al punto de poses de diez y quince minutos, se supone que ahí dibujaríamos nuestras grandes obras.
Lo bello de este ejercicio fue ver reunidas cuarenta maneras de ver algo, cuarenta maneras de plasmarlo. Esa es la vida, el detalle es que aquí teníamos evidencia de lo que hacían los demás y a veces en el día a día es algo tan íntimo que no se notan el resto de las miradas.
Desde dónde respeto tu mirada, tú respetas la mia, no tenemos porque ver lo mismo, nunca estuvimos en el mismo lugar.
Anoche no morí…
